Esos ojos que están al otro lado de la ventana de tus ojos, que miran sin ver en los tuyos. A veces es mejor. ¿Qué hay al otro lado de esos ojos que no dicen nada? Como tumbas abiertas. Vacías. Nada. Se cruzan con tu mirada y entonces caes en un agujero negro. Una incógnita que es mejor, quizás, no descubrir. Ojos velados de mirada opaca. Tiran de ti hacia el abismo. Te fuerzan a huir.
Luego están esos ojos activos como bolas de billar, que miran, remiran, vuelven, van y vienen. Expectantes. Brillan y hablan solos. Se escapan. Te relajan. Entonces te ríes. Una risa ligera. ¿De qué me río? Me río porque me siento bien...
Otros ojos, suplicantes, te lanzan gritos ahogados que te hacen enmudecer. ¿Qué, qué, qué? Abre los ojos. Abre la boca. Dí tú. Te escucho... Se apagan en silencio.
Ojos misteriosos, mirada franca, ojos oscuros, mirada clara, ojos, ojos, ojos...
La puerta de entrada.
Ojos de lactantes, ojos de gato, ojos de pájaro, esa mirada de perro...

